Marlene (43 años). Estuve casada 23 años con el hombre que pensé que sería mi compañero de vida hasta el final. Nos casamos muy jóvenes, crecimos juntos, criamos a nuestros dos hijos, que hoy ya son profesionales e independientes. Siempre fuimos “la pareja sólida”. La que todos admiraban.

Hasta que nos quedamos solos en casa.

Hace dos años llegó una nueva vecina. 35 años. Más joven que yo. Simpática. Conversadora. Al inicio no me incomodó. Pero empecé a notar que él hablaba mucho con ella. En las reuniones del barrio la sacaba a bailar. Si algo se malograba en su casa, él era el primero en ir a ayudar.

Yo me hacía la fuerte. Me decía que no sea insegura. Que después de 23 años de matrimonio, no tenía sentido desconfiar.

Hasta que un día regresé temprano del trabajo.

Abrí la puerta de mi casa… y los vi besándose en mi sala.

Ella salió corriendo. Él se quedó paralizado. Después vinieron las explicaciones, el “estoy confundido”, el “perdóname”, el “no significa nada”. Pero yo no puedo borrar esa imagen de mi cabeza.

No fue solo un beso. Fue la humillación. Fue sentir que mi hogar ya no era un lugar seguro. Fue preguntarme en qué momento dejamos de mirarnos como antes.

Hoy me pide otra oportunidad. Y yo no sé si duele más perderlo… o quedarme con alguien en quien ya no confío.

¿Se puede reconstruir un matrimonio después de ver algo así?

¿O hay traiciones que simplemente marcan un antes y un después?