Un paciente de más de 60 años me dijo algo que llamó mi atención: “Doctora, ya casi no siento sed”. Decidí revisar qué explica la ciencia y descubrí que no era una simple percepción.
Con el envejecimiento, el cerebro pierde parte de la sensibilidad para detectar cuándo el organismo necesita agua, es decir, la sensación de sed responde más tarde. Además, los riñones pierden progresivamente capacidad para concentrar la orina y conservar agua, aumentando el riesgo de deshidratación.
A mis pacientes adultos mayores, ya no les digo “tome agua cuando tenga sed”. Les recomiendo convertir la hidratación en un hábito, que beban pequeñas cantidades a lo largo del día, acompañar cada comida con un vaso de agua y aprovechar alimentos ricos en agua, como frutas, verduras, sopas o infusiones sin azúcar.
En este caso, esperar a tener sed puede significar que el cuerpo ya empezó a deshidratarse.




